platos al ver el palacio… ¡Y a la princesa Juana que lo enamoró de inmediato! (A ella le gustaron tanto sus ojos azules como el regalo de su papá, pero no dijo nada…una princesa debe ser discreta).
Pasaron los días, pasó el Carnaval y el soberano recibió una tarde a la Bruja Billetosa que vino a recordarle que le debía las ciento veinte tapitas de cerveza que él había gastado en el obsequio de cumpleaños de su hija. ¿Qué podría hacer ahora? El Brujo Lamparita andaba de viaje y a su traje de carnaval se lo había prestado para una fiesta de disfraces a Andrés, su primo, el rey del país de enfrente.
La Bruja Billetosa no estaba dispuesta a irse sin cobrar su deuda, así que como sabía que la princesa era inteligente y trabajadora, le dijo al padre:
-  Tu hija me será de gran ayuda. Me la llevo unos días a mi cueva y cuando termine de colaborar con mis embrujos te la devuelvo, las tapitas estarán pagas.
Mucho no le gustó a él esta solución, pero una deuda es una deuda y más para un rey, así que

estuvo de acuerdo. A la cueva de la Bruja Billetosa marchó Juana, feliz y bien dispuesta como siempre. Allí debía controlar el tesoro de la bruja y contar cuánto guardaba en sus bolsas de arpillera. Extrañaba su cama un poco y un poco más no ver los ojos azules del mueblero enamorado cuando ella pasaba por delante de su comercio en sus paseos.
¿Y él?...Casi muerto de tristeza, sólo encontraba consuelo cuidando su huerta… ¡Era maravilloso ver crecer zapallitos, chauchas, choclos y berenjenas!
En esos estaba un día cuando pasó el Brujo Lamparita que venía de escuchar las quejas del monarca. El tiempo pasaba y la Bruja no le devolvía a su hija .¿La chica sería feliz con ella? ¿Tendría que trabajar mucho? ¿Por qué no volvía a su hogar, su cama floreada con coronita, su bicicleta y su música? El brujo lo consoló un poco y decidió inventar algo para que Juana regresase. En eso estaba cuando pasó por la huerta de Lalo, el mueblero y recordó dos cosas importantes:

1) Él estaba enamorado de la Bruja, pero era tímido.